15/12/2006
En el artículo Museo de la Brujería nos situamos en el escenario de la leyenda de La tía Casca: Trasmoz, cuyo castillo situado sobre una loma fue construido en una sola noche con la ayuda del diablo.

En su Carta Sexta, cuenta Bécquer que abandonó Lituago para dirigirse a Trasmoz con el fin de conocer su castillo. En su gusto por los parajes más ásperos y accidentados, tomó el camino más largo y dudoso, hasta que se perdió.
Preguntó a un pastor el camino del pueblo, y éste se lo indicó lo mejor que pudo. Pero antes de despedirse le advirtió que no tomara la senda de la tía Casca si quería llegar sano y salvo a la cumbre, pues por allí andaba penando el alma que, "después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para suya."
- Y ¿en qué diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos andurriales?
- En acosar y perseguir a los infelices pastores que se arriesgan por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura o acurrucándose en las quiebras de las rocas que están en el fondo del precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca a los que van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de búho y cuando el vértigo comienza a desvanecer su cabeza da un gran salto, se les agarra a los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima...
El viajero quiere sonsacar al pastor diciéndole que todo eso de las brujas y los hechizos no eran sino antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.
- Eso dicen los señores de la ciudad, porque a ellos no les molestan, y, fundados en que todo es puro cuento, echaron a presidio a algunos de los infelices que nos hicieron un bien de caridad a la gente del Somontano despeñando a esa mala mujer.
Y el pastor le cuenta la historia. La tía Casca era muy conocida en Trasmoz. Los vecinos del lugar la acusaron de ser la ejecutora de males de ojo y todos los hechizos imaginables. La persiguieron hasta el precipicio en cuestión, y a pesar de los ruegos y súplicas de la anciana, fue arrojada al arroyo donde murió.
- ¿Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte, que no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire está inmóvil, y pesa sobre los hombros y parece que aplasta? ¿Ve usted esos jirones de niebla oscura que se deslizan poco a poco a lo largo de la inmensa pendiente del Moncayo, como si sus cavidades no bastaran a contenerlos? ¿Los ve usted cómo se adelantan, mudos y con lentitud, como una legión aérea que se mueve por un impulso invisible? El mismo silencio de muerte había entonces, el mismo aspecto extraño y temeroso ofrecía la niebla de la tarde, arremolinada en las lejanas cumbres, todo el tiempo que duró aquella suspensión angustiosa.
Durero (1497)
Füsli (1796)
Goya (1797-1798)
Francisco Suñer (1983)
Jordi Pallarés (1984)
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