07/12/2006
Dicen que Albarracín es uno de los pueblos más bonitos de España. No discutiremos el tema: sobre gustos no hay nada escrito.
Pero no es sólo que cada uno tenga sus gustos, es que también tiene su corazoncito.

En cualquier caso, Albarracín es un pueblo hermoso. Con 1.100 habitantes, está situado en la sierra que lleva su nombre, en la provincia de Teruel. Pasear por sus calles es adentrarse en la Edad Media y descubrir la arquitectura popular en la que quizá destaque, por su imposible equilibrio y colorido, la Casa de la Julianeta.

Al anochecer, apetece recordar alguna de las leyendas que surgieron en aquella época.
Cuando su hermano accedió al trono, a la joven infanta doña Blanca de Aragón le aconsejaron que huyera del reino para evitar los rencores y los celos que le tenía la nueva reina, su cuñada, y se refugiara en el reino de Castilla. Así lo hizo la joven. El camino era largo, y pararon a descansar en el palacio de Azagra, señor de Albarracín. Las gentes del pueblo acompañaron con júbilo a la pequeña comitiva, admirando la belleza y dulzura de la infanta.
Durante varios días estuvieron esperando que la muchacha saliera nuevamente del palacio, bien para pasear por los alrededores singulares del pueblo, bien para reemprender su viaje a Castilla. Al poco tiempo, la comitiva salió del palacio, regresando a Aragón, sin la infanta, a la que nunca más se la volvió a ver. Se dice que fue encerrada en una torre de las murallas, la que aún hoy conserva su nombre, donde murió de tristeza.
Desde entonces, en las noches de verano con luna llena, las gentes de Albarracín cuentan que se puede ver salir de la Torre de Doña Blanca una sombra clara, como la figura de una mujer de blancas y holgadas vestiduras que va descendiendo lentamente por los escarpes de la roca, como si fueran los peldaños de un palacio, hasta llegar a los huertos y a las cristalinas aguas del Guadalaviar, donde se baña y desaparece para no ser vista hasta otra noche de plenilunio.

La torre de doña Blanca se restauró en 2001 y hoy es sala de exposiciones.
Pero la leyenda tiene una segunda parte, cuando dos siglos después, el joven Heredia, una noche de plenilunio, sorprendió a la sombra de doña Blanca llenando su cántaro en las orillas del río.
Otro día lo cuento.
Anónimo del siglo XIII
Antonio Puccio Pisano
Edward Burne Jones
Jordi Pallarés
"Fiesta snob para la princesa", Joan Miró (1944)
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